'Desayuno con John Lennon'
Robert Hilburn
-
Ficha técnica
Título: Desayuno con John Lennon | Autor: Robert Hilburn | Editorial: Turner | Colección: Noema | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-92649-34-1 | Páginas: 314 | Formato: 14 x 22 cm. | Encuadernación: Rústica con solapas | PVP: 23,00 €
EDITORIAL TURNER
Desayuno con John Lennon
invita al lector a descubrir el mundo del rock entre bastidores de la
mano de uno de los críticos de rock más prestigiosos del mundo. Hilburn
fue el único periodista que entró en la cárcel de Folsom con Johnny
Cash, cenó (y desayunó) con John Lennon durante su etapa del "fin de
semana perdido" en Los Ángeles, vio dibujos animados con Michael
Jackson, se tomó un café con un Bob Dylan agotado por la carretera, le
sugirió a Bruce Springsteen cambiar el orden de sus canciones cuando sus
conciertos no le convencían, consiguió darle esquinazo al
representante de Elvis Presley para charlar con "El Rey" a solas, y
escribió un perfil íntimo de Kurt Cobain que le evitó perder la
custodia de su hija por sus adicciones y su depresión.
Este
libro no es solo un recuento de aventuras personales: es toda una
historia del rock and roll como fuerza cultural. Y de sus grandes
estrellas como hombres y mujeres frágiles, geniales y muy humanos.
"La crítica de rock nunca me importó lo más mínimo hasta que leí a Robert Hilburn". Bernie Taupin
UNO
John
Lennon entró como una exhalación en la oficina de Yoko Ono, situada en
el gigantesco y antiguo edificio Dakota. Llevaba una copia del nuevo
single de Donna Summer, "The Wanderer".
-¡Escucha esto! -gritó, mientras lo ponía en el tocadiscos-. ¡Canta como Elvis!
Al principio, yo no sabía de qué estaba hablando. El arreglo sonaba más
a rock que al habitual estilo electro-disco de la cantante, pero cuando
empezó a oírse la voz me pareció el sonido de siempre de Donna Summer. A
mitad de la canción, sin embargo, su voz cambiaba y adoptaba el estilo
juguetón, como con hipo, que caracterizaba la de Elvis en muchas de sus
primeras grabaciones.
-¡Míralo! ¡Míralo! -dijo John, señalando los altavoces.
Ese disco era el saludo de John después de cinco años. Yo había pasado
algún tiempo con él en Los Ángeles a mediados de la década de 1970,
durante la época a la que, años después, él se referiría como su "fin de
semana perdido": unos meses en que, separado de Yoko, pasaba muchas
noches emborrachándose con sus colegas Harry Nilsson y Ringo Starr. Una
noche, John se excedió tanto que lo echaron del Troubadour, una de las
principales salas de conciertos de la ciudad. Por entonces, me invitó a
cenar unas cuantas veces, y más adelante me enteré de que lo hacía
cuando tenía una reunión de negocios importante al día siguiente y no
quería levantarse con resaca. En esos casos me elegía a mí, y no a Harry
y a Ringo, porque lo más que yo bebía era cocacola light. Solíamos
cenar en un restaurante chino muy chic y después volvíamos a su suite en
el hotel Beverly Wilshire. El tiempo se nos pasaba muy deprisa hablando
de nuestro héroe del rock favorito, Elvis, lo que nos lleva de nuevo a
"The Wanderer".
He vivido muchísimas
experiencias memorables en conciertos y entrevistas, por lo que me
resulta difícil escoger mis preferidas, pero las últimas horas que pasé
con John en Nueva York estarían, sin ninguna duda, entre las primeras.
Fue unas semanas antes de su muerte, en diciembre de 1980, y el hecho de
que me pusiera ese disco de Donna Summer era un saludo entrañable, un
saludo típico de John. De los cientos de músicos que he conocido, John
es uno de los pocos que tenía los pies en la tierra.
Yo había viajado a Nueva York para pasar tres días con John y Yoko mientras terminaban su disco Double Fantasy, la primera entrega de material nuevo de John desde su prescindible Walls and Bridges,
aparecido seis años antes. Tras el periodo del "fin de semana perdido",
había regresado a Nueva York y había pasado cinco años rehaciendo su
vida con Yoko y dedicándose a criar a su hijo, Sean. Aquel día tenía un
aspecto agradable y esbelto con sus vaqueros, su camiseta blanca y su
chaqueta vaquera. Debía de pesar unos doce kilos menos que la última vez
que nos habíamos visto.
-Es por la dieta
macrobiótica de Madre -me dijo después, empleando el apodo que le había
puesto a Yoko-. No me deja saltármela ni un día.
Cuando llegamos al estudio de grabación ya casi había anochecido.
Mientras la limusina se acercaba a la entrada del estudio, tenuemente
iluminada, pude ver las siluetas de unas dos docenas de fans en la
sombra, que echaron a correr hacia el coche en cuanto el conductor abrió
la puerta de John. Inmediatamente empezaron los fogonazos de los
flashes. Sin un guardaespaldas, John estaba a su merced, y más tarde le
pregunté si no le preocupaba su seguridad.
-No
quieren hacerme ningún daño -me contestó-. Además, ¿qué vas a hacer? No
te puedes pasar toda la vida escondiéndote de la gente. Hay que salir y
vivir un poco, ¿no?
En el estudio escuché algunos temas de Double Fantasy, que era el disco más atrevido de John desde Imagine.
Algunos críticos consideraron que el tono suave y relajado del álbum
era demasiado blando; echaban de menos la vieja aspereza de Lennon. Para
mí, sin embargo, se trataba de un maravilloso reflejo del estado de
ánimo de John, y los votantes de los Grammy acertaron al nombrarlo disco
del año.
Pasé horas hablando con John, en su
casa y en el estudio, sobre los cambios en su vida desde la época de Los
Ángeles. Aquel era uno de los pocos momentos en que se sentía en paz.
Estaba profundamente enamorado de Yoko y muy emocionado con la
perspectiva de volver
a ser padre. También hablaba con cariño de la
época de los Beatles y de lo mucho que todavía le gustaba ver a Paul.
Eso me sorprendió, ya que había hecho varios comentarios sarcásticos en
distintas entrevistas y había escrito algunas letras mordaces sobre Paul
desde que la banda se había separado.